Ballar les danses al Raval
Las danzas en la calle Raval de Teulada surgieron de la propia tradición. Era para el año 1990 cuando nos decidimos y empeñamos en quitarle el polvo a una costumbre que al menos había prevalecido en nuestra memoria visual, en nuestra memoria afectiva, en nuestro recuerdo familiar. Casa sí, casa no había un bailador o bailadora, un tocador de postizas, un animador de la fiesta y la fiesta también eran las danzas. Sin saberlo ni ser conscientes de su semilla aquella gente nos estaba transmitiendo el gusto por nuestros ritmos, nuestras melodías, las noches de fiesta, de baile en la calle.
Aún perduran en el recuerdo los valseados y las revueltas de la Ti Isabel Barceló y el repicar de las postizas del Ti Pepe Cándido, la dulzaina y tabalet de los dulzaineros de Callosa, el sonar de la chirimita de Simeón de Pinos, casado en Pedreguer y el red de Pepeguer de Redos.
Según recuerdan los mayores del lugar, las danzas en el Raval siempre han sido bailadas al ritmo del tabalet y la dulzaina. Si en alguna ocasión no había músicos, los tocadores de postizas y los propios bailadores con sus canciones amenizaban la fiesta.
Abuelo y bisabuelo de un puñado de bailaoras de hoy en día, el Ti Pepe Font “Botifarra” dicen que siempre sacaba a bailar a la mujer de su hermano la Ti Isabel Barceló bailadora de renombre. Su hermano Ti Joaquin bailaba con su consuegra, Ti Vicenta “el sastre”, que en numerosas ocasiones eran acompañados en el baile por las postizas del Ti Guillem Bolsa.
Más arriba de la calle tenían casa Ti Nieves Moreno “Pitxó” y su hombre Pepe que al llegar la Fiesta subían de la Font Santa para cumplir el deseo de bailar las danzas. Ti Nieves y su hermano Ti Andrés “el gandiero” y su mujer Ti Catalina “Madama” iban bajando calle abajo marcando el paso plano mientras que el resto de bailadores se incorporaban a la danza. Entre ellos estaban la Ti Vicenta “Serafina”, la Ti Francisca “Alpaque”, el Ti Batiste “El Rojo”, el Ti Joan Dalmau “Bolsa”, el Ti Vicent “El Senijero”. Entre una generación y otra transcurrieron los primeros 50 años del siglo XX.
Entre los años sesenta y ochenta, las danzas pasaron por un momento más bien delicado. Los jóvenes encontraban que eso era de otro mundo y que estaba desfasado. Como bien hemos comprendido, las danzas, costumbres y tradiciones en general han necesitado del apoyo institucional para continuar su misión que es en definitiva la de llenar un espacio en nuestra vida, entre el descanso y el trabajo o sea la diversión. Han tenido que pasar más de cuatro décadas por que nos dimos cuenta de que estaba muriendo parte de nuestra historia, de nuestra memoria. A pesar de todas las dificultades que han tenido que sortear para llegar al momento actual, las danzas han sobrevivido a otros movimientos juveniles en otros modos y han sabido compartir el espacio en la fiesta.
Las danzas van cambiando a lo largo de sus generaciones. Cada vez que salen a la calle sufren pequeñas transformaciones que les obliga a modificar según marca el estilo de los bailadores que las ejecutan. Las diferentes interpretaciones de la propia danza, el baile libre, el estilo personal, la capacidad de movimiento de cada bailador o bailadora hacen que aparezcan variaciones. En tiempos pasados importaba más la gracia el sentimiento en el baile, que el propio baile. Gustaba más la complicidad entre la bailadora y el bailador que la cantidad y la dificultad de las pasitas del baile. Donde antes había un punteado ahora es posible que haya un valseado. Si antes rodaban en pareja, ahora ruedan en cuadro. Si los bailadores son jóvenes botan y ruedan con alegría, si por el contrario son más mayores, la estrategia de movimiento es más elaborada pero más pausada.
Los músicos también tienen mucho que decir de estilo y forma. El dulzainero que por la mañana tocaba las carreras de gallos, a medio día hacía el pasacalles calle arriba calle abajo, por la tarde tocaba la danza y la pasacalle de los ramilletes. Tocaba las danzas que había aprendido de sus mayores en su pueblo y las hacía sonar por doquier. Eran las danzas que todo el mundo sabía bailar, las tocatas más conocidas. Los músicos han formado parte muy importante de su crecimiento, modificación y desarrollo. Donde antes se tocaba una tocatita tradicional, también podían sonar una melodía de moda adaptada al ritmo y la estructura de la danza.
Otra cuestión que caracteriza a las danzas de esta época es el poder adquisitivo de los festeros. El hecho de que no hubiera demasiado dinero condicionaba la contratación de una pareja de chirimiteros todo el día de la Fiesta, pues el año que si habían recogido buena cosa de gatillos habrían danzas con instrumentos tradicionales, si por el contrario no podían costear este gasto, serían los mismos bailadores quienes cantaban y tocaban para poder bailar, o bien pandereta y hacía sonar esas canciones deseadas.
"A bailar las danzas en la Calle Mayor y un plato de tomates para el Señor Rector, parram pam patapam, parram, pam, patapam".
Los bailadores con sus postizas, castañuelas o castañuelas, hacían sonar el ritmo básico de las danzas. Según cuentan los mayores de la Calle, los buenos tocadores de postizas las hacían sonar con todos los dedos y las llevaban colocadas en dicho pulgar.
En lo que respecta a la indumentaria, no siempre se ha seguido la misma pauta. En los años 40 las bailadoras y bailadores solían vestir la ropa que estaba de moda en ese momento. Los hombres pantalón largo y camisa blanca o clarita y alpargata de veta o zapato. Las mujeres los vestidos de diario de ese momento y alpargatas o zapatillas quien tenía, al menos había mujeres que aún vestían faldas largas amena de “faldellins o refajos” y claro está que era aquella la ropa con la que bailaban, era el caso de Ti Isabel Barceló, según recuerdan sus vecinos.
En la actualidad, podemos ver bailar con indumentaria tradicional del s. XVIII o bien con indumentaria actual. Nuestro deseo es reproducir una época con su moda de vestir y su forma de bailar, pero también sabemos que existen bailadores y bailadoras que bailan simplemente por el gusto de bailar y también damos paso a esta última opción.
Desde 1984 en Teulada se ha hecho el gran esfuerzo por revivar las danzas y el trabajo ha dado su fruto. Bailadores y bailadoras han ido incorporándose al Grupo de danzas Font Santa que ha mantenido la llama viva, organizando cursillos de danzas, de bailes de escuela e incluso inició y promocionó la escuela de tabalet y dulzaina. Con su tenacidad, esfuerzo, dedicación y aprecio a las danzas tradicionales, ellos han hecho que los gorriones disfruten de esta actividad que había sido olvidada a lo largo de los años.
En las dos últimas décadas las danzas en Teulada las han hecho sonar a la dulzaina Juanra Martí, mi hermano, y al tamboril Jose Ferrer, amigo y compañero, ambos de Xàtiva. Desde la infancia en nuestra casa se ha vivido el aprecio por la música y las danzas tradicionales, lo que nos lo han transmitido nuestros padres, familiares y amigos. Esto hizo que aumentara nuestro interés por la revitalización y restauración de las danzas.
Con la ayuda de Batiste Bou “Bouet”, de Xàbia, de Pepe “Porró” y algunos bailadores que todavía tenían clara la memoria allí por finales de los ochenta pudimos reconstruir las pasadas y las partituras que hoy en día vuelven a sonar en toda la comarca.
Nuestras danzas que llamamos de La Marina por su ámbito de acción, están formadas por tres bloques de tres estilos musicales, fandango para el paso plano, jota para las mudanzas o pasillos, y vales para finalizar el baile. Cada tocatita de la dulzaina se hace coincidir con una pasadito diferente “tacón, punta, tacón”, “de costadito”, “media vuelta”, “vuelta entera”, “arquetes”, “picar delante y detrás”, “tijeritas”, “cuarto de vuelta”, “camalladitas”, “murrito” y “correcilla”. Cuando toca el tamboril los bailadores darán un paso plano que aprovechan para ir desplazándose a lo largo de la calle y al cabo de varios compases la dulzaina avisa de que va a empezar la melodía a ritmo de jota, para que los bailadores ejecuten las pasitas. Para finalizar tocará siempre la misma melodía a ritmo de vales para que los bailadores dispuestos en forma de cuadro bailan "El valseado". Esta última parte se bailará rodando el cuadro los dos bailadores y las dos bailadoras colocados en lugares alternos del cuadro y después cada bailador rodará y cambiará de sitio con su bailaora.
Para concluir, diré que Las danzas son de todos porque las hemos hecho entre todos. Actualmente las danzas del Raval cuentan con mucha participación, con mucha espectación y eso significa que vuelven a estar vivas. Es necesario hacer fuerza para mantener esta tradición que nos ha llegado a nuestras manos y estamos en la obligación de transmitir.
Quisiera dar las gracias a Lluís Font Crespo, su mujer Paquita Morell Llobell, Maite Font su hija y Tere Font su sobrina, a Gabriel Bisquert Santacreu y su hija Vicenta Bisquert, a Maria Puig Vives y su hombre Pedro Sala Buigues por conservar una buena memoria y en ella un capazo de vivencias que todavía podemos. Gracias por compartir con nosotros sus recuerdos de una fiesta que ha sido la llama siempre viva de nuestras DANZAS.